Hace 20 años recuerdo estar sentada en la sala de la casa de mi mamá. Era apenas una adolescente cuando exclamé: “Yo jamás podría ser una buena madre” , mientras observaba la paciencia infinita con la que ella atendía a los cuatro niños que cuidaba. Más que por necesidad económica o porque cobrara mucho por hacerlo, los cuidaba para ayudar a las vecinas que debían salir a trabajar. Era un nivel de solidaridad que en aquel momento me resultaba difícil de comprender. Hoy, con 37 años y dos adolescentes que yo misma traje al mundo, todavía me cuesta creer que puedo con esto de acompañar a dos seres humanos completamente distintos entre sí y orientarlos en esa enorme tarea que es vivir. Pero vivir no solo en el sentido de respirar. Vivir bien. Con principios, valores, herramientas para enfrentar los desafíos, capacidad de autocuidado y criterio propio. Que cuando yo no esté, puedan cuidarse a sí mismos, tal como mi mamá logró que hoy yo pueda cuidar de ellos. Sin e...